Tool '10.000 Ways', crítica y portada

Tool ‘10.000 Ways’

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Los discos de Tool no son sólo algo que escuchar; los discos de Tool se experimentan, se viven, se recrean en los rincones más escondidos de tu cabeza. Y no se trata de ensalzar falsos mitos, ni de darle más misterios a algo que no deja de ser una banda de rock muy duro; pero hay que reconocer que Tool han planteado algo distinto desde el principio. Desde que el guitarrista Adam jones y el cantante James Keenan Maynard decidieron formar un grupo mientras mantenían sus trabajos habituales, sabían que querían hacer algo distinto, darle a su proyecto una forma que les distinguiese del resto, por mucho que todos hayan bebido de la misma fuente de clásicos. Y eso se ha notado desde su primer disco completo, ‘Undertow’ de 1993, hasta al empujón que les supuso ya a niveles mundiales el inspirado ‘Lateralus’ de 2001.

En el camino, Tool se han construido una imagen oscura de ostracismo tratando de poner distancia para llamar la atención a su manera. Si les conoces, sabes que salvo ellos, pocos grupos en directo dejan a su cantante casi a oscuras para poner delante batería, bajo y guitarra. Del mismo modo, sabrás que la estética que arrastran sus discos siempre ha estado ligada a los diseños del propio Adam Jones, quien tuvo la suerte de iniciarse en el mundo del cine, y dentro de éste del de los efectos especiales con el mítico Stan Winston, creador de ‘Terminator’, por nombrar sólo uno de sus hitos.

A partir de ahí, Jones ha investigado y ha sumergido la estética de Tool en un viaje a la carne que daría para estudios completos. No hay que insistir mucho, sólo fíjate en sus portadas o mira sus vídeos repletos de enfermizos reflejos de la sociedad contemporánea y seguro que coincides conmigo en que Tool son a la música contemporánea lo que David Cronemberg ha sido para el cine de terror o Clive Barker para la literatura de horror. Artistas con una fijación en los secretos de la humanidad reflejados a través de lo que se esconde bajo la piel… si hasta aquí me sigues, ya has abierto la puerta mental que puede llevarte a una escucha de este nuevo ‘10,000 Days’ con final feliz.

En conjunto, este disco es un curioso paso retroactivo al lado musical más retro de las bandas que han influido en el sonido de Tool. No puedes definirlo, pero si te gusta el metal con sentido te gustan Tool, del mismo modo que si eres fan del progresivo con miras amplias te gustan Tool. Incluso si eres de los que disfrutan con las bandas norteamericanas de melodía fácil del postgrunge te gustan Tool. No hay nada como aprovecharse de todas tus influencias musicales para dar a luz a tu propia criatura. Bueno, pues esta vez, la banda ha ido muy lejos con estas ideas.

Con una intro y una voz tan melódica que te agarran desde los primeros acordes, el tema que abre el disco, ‘Vicarious’, alcanza tal exactitud instrumental a partir de su segunda parte, arpegiadas y eléctrica, que apenas puedes creer que, aún más adelante, la progresión marcada por la brutalidad del batería Danny Carey, te sorprenda y te hunda más en algo a lo que entras de lleno cuando se inicia el brutal y directo riff de ‘Jambi’. Y sin embargo, este tema alude tan claramente a Pink Floyd en los arpegios rítmicos sobre los que Maynard se desata que casi resultan irreconocibles. ¿Hacia donde nos llevan esta vez? De nuevo un final apoteósico donde todos los músicos se crecen hasta reventar, es seguido de ‘Wings For Marie (Pt 1)’ un silencio en forma de péndulo y acompañado de una voz susurrante en una atmósfera salida de lo más profundo de la mente que, a ratos, se embrutece con la solida guitarra de Jones.

Siguiente pausa, escuchamos una tormenta con la que creer este disco banda sonora de una pesadilla. ‘10,000 Days (Wings Pt 2)’ sostiene tanto las notas de guitarra en sus solos que, hasta su final, es como una espiral que te arrastra donde nadie ha llegado antes. ‘The Pot’ se inicia a capella con esos ritmos tribales que parecen haber hecho mella en los gustos musicales de Maynard. Aquí es el actual bajista de Tool, Justin Chancellor, quien marca la pauta hasta que Jones lo inunda todo de guitarra y esta canción se convierte casi en lo que podríamos llamar el tema comercial, eso sí, con uno de los mejores solos de guitarra del disco.

Una nueva referencia y pequeña intro tribal, en esta ocasión a cánticos de indios norteamericanos, de nombre ‘Lipan Conjuring’, con un diálogo que parece salido de una película de terror… aunque podría tratarse de la cruda realidad de cualquier hospital en una de mil guerras, conduce a ‘Lost Keys (Blame Hofman)’.

Y a continuación, la tranquila apariencia de ‘Rosetta Stoned’ estalla de modo bestial en el corte más épico, superando minuto a minuto en sonido metálico cada nuevo riff, cada nuevo golpe de batería. ‘Intension’ retoma la paz interna de sonidos extraños aderezados de guitarra perdida en su propio eco, progresando el ritmo interno del tema con la hipnótica voz de Maynard. Y para finalizar el viaje, ‘Right In Two’ nos reduce nuevamente a lo tribal rozando lo progresivo de la psicodelia setentera hasta que los músicos deciden ascender desde el pozo al que han caído sin parar, subiendo el volumen y el ritmo y los golpes y los riffs y la voz y el sentido de haber sido absorbido… para caer de vuelta al silencio.

Un último tema ‘Viginti Tres’ nos ayuda a despertar del estado de trance al que conduce este disco leido del tirón. Y aunque cuesta abrir los ojos y poner los pies en el suelo, de nuevo la espera hasta esta experiencia ha merecido la pena. Lo han vuelto a hacer.

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