Déjame entrar, John Ajvide Lindqvist (Låt den rätte komma in – 2004)

Déjame entrar, John Ajvide Lindqvist

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Todo el mundo sospechaba que las historias de vampiros daban para mucho más que jovencitas con camisas de cuadros, chupasangres adolescentes con conciencia, y hombres lobo que se pasean en vaqueros recortados como única prenda.

Sin embargo, pocos pensábamos que la literatura sueca actual fuera a dar otro fruto que, aunque vaya a ser infinitamente menos exitoso que Larsson, se muestre como uno de los grandes autores de terror con contenido social de los tiempos que vivimos.

Recuerdo haber leído hace muchos años unas declaraciones de Stephen King en las que se reconocía inferior a Grisham en muchos aspectos, sobre todo a nivel de popularidad. En el caso de Larsson y John Arvjide Lindqvist, tanto el estilo literario como la comparación final son similares. Eso sí, y siempre en mi opinión, Lindqvist podría estar más cerca de Stephen King que Larsson podría haber llegado a estar de Grisham.

El gran ‘problema’ de este escritor para dar el gran salto a la fama, y la razón por la que al mismo tiempo atraerá a un buen puñado de seguidores, es la crudeza y la falta de conciencia -presentada como ingenuidad- para narrar ciertas cosas. Por si no ha quedado claro después del primer párrafo, «Déjame entrar» es una historia de vampiros en la que se cuenta, entre otras muchas cosas, los intentos de Eli para sobrevivir en un mundo hostil. Eli es un vampiro con forma de niña, y que como tal necesita de la ayuda de un adulto para salir adelante. ¿Quién puede mostrarse más solícito a prestar esta ayuda que un pederasta? A través de sus ojos y, de nuevo, de su ingenuidad y naturalidad, llegarán a nosotros escenas un tanto duras de afrontar.

Lindqvist muestra unas virtudes excepcionales en este libro, y que resumo en tres aspectos relacionados entre sí. El primero, que en las cuatrocientas y pico páginas del libro no hay un solo respiro, ni una sola descripción estirada para cambiar el ritmo. El segundo es la causa del primero, y consiste en delinear unos personajes con una profundidad abismal, y que estamos deseando volver a encontrar para poder entender un poco mejor. Por último, la consecuencia de este segundo aspecto: Lindqvist deja a nuestra elección la potestad de amar u odiar a cada personaje. Él nos abre su corazón -el del personaje-, lo desnuda ante nosotros, y nos deja ensalzarlos o condenarlos en la medida que queramos.

También es digna de mención la capacidad del autor de presentarnos las miserias sociales de un puñado de personajes que vivieron en una etapa y un lugar muy concretos, en los suburbios de clase media-baja de una Suecia que veía con preocupación el poderío del régimen soviético. Los adultos se lamentan de no poder contar con los medios ni la actitud para poder vivir mejor. Los niños, de los errores de los adultos.

Por último, y sin querer entrar en un análisis quizá demasiado profundo, el título del libro esconde, más allá de la necesidad de Eli de ser invitada por sus víctimas para poder alimentarse de ellas, la lucha de todos los personajes de la obra para afrontar la soledad. Los vampiros, debido a su condición, deben pedir permiso para entrar en la vida de los demás. Los humanos, sin ser conscientes de que lo necesitan con la misma desesperación, se encierran en ellos mismos y condenan a muerte a su propio afecto.
Aunque todos lucharán para que alguien les invite antes de que sea demasiado tarde.

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