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Crónica y fotos de Cinderella con Jorge Salán en la Rockstar Live de Bilbao el 11 de Junio

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Érase una vez cuatro chicos de Pensilvania que soñaban con convertirse en estrellas del rock. El camino hacia la cima era escarpado, pero provistos de talento, de sensibilidad, de energía, y de tesón, pronto coronaron.

Sus cantos a chicas insaciables, al desengaño y a la fragilidad del ser humano entonados por una voz rasgada y bluesera junto a su volcánico directo les convirtieron en el referente de toda una generación.

Como en todo buen cuento no se verían exentos de dificultades, las mayores, los recurrentes problemas en las cuerdas vocales del cantante, que a punto estuvieron de incapacitarle, y el ataque al corazón que en 2006 sufrió el bajista. En la hora más oscura, el hada madrina de la medicina y la incondicionalidad de sus fans les recondujeron por la senda de la montaña.

En 2011 celebran el 25 aniversario de la publicación de ‘Night Songs’ con una gira mundial de 52 fechas y regresan a España, esta vez a domicilio. Nunca habían estado en Vizcaya y Cinderella es uno de esos grupos que necesitas ver antes de morir, aunque sólo sea una vez.

El habitual frígido público local estaba más sobreexcitado que las chicas de ‘Shake Me’ y ‘Push Me’ juntas y se fue calentando hasta casi reventar el termostato: lo cantaban y lo bailaban, fuera lo que sea. Más no pudieron pedir.

Kiefer hubiera necesitado un golpe de varita mágica o una aguja nueva para rematar las primeras canciones, pero fue aprendiendo a bordar según discurría el concierto. Su punto fuerte fueron las baladas, donde su intacta sensibilidad obligó a desenfundar el paquete de kleenex de calaveras hasta al heavy más curtido. La unión entre ‘You Don’t Know What You Got Until It’s Gone’ y ‘Nobody’s Fool’ fue una pasada. El “ella tomó el último tren que salía de mi corazón” de ‘Heartbreak Station’ sonó más triste que nunca y el sarcasmo de ‘Nobody’s Fool’ -en el que escenificó cómo compró su amor por un penique- más hiriente.

Mientras LaBar se despelotaba como en los viejos tiempos, Kiefer seguía resguardado bajo su casaca y su fular, un tanto momificado. Quizá el liberarse de la ropa superflua le hubiera ayudado a desmelenarse, a aparcar su timidez y fundirse con su repertorio. Brittingham tampoco parecía muy dinámico y Coury estaba muy concentrado en su espectacular forma de tocar la batería. A las cenicientas les faltó sacudirse la ceniza para lucir como verdaderos príncipes. Cerraron con ‘Shelter Me’, de forma apoteósica y Kiefer pidió a Dios que nos bendijera.

Prometieron regresar a Barakaldo: que no se quede en una mera promesa masculina. El primer encuentro fue breve y satisfactorio, pero mejorable: los músicos iban a más, el sonido fue excelente, y justo cuando venía lo mejor, nos dejaron interruptus tras sólo una hora quince minutos de concierto. Esto no se hace a una chica, aunque la limusina amenace con convertirse en una calabaza: siempre les quedará el Gautxori. La próxima vez merecemos que nos rockeen hasta que nos quiebren y que se desenfrenen como en los 80. Para que podamos comer perdices y ser felices de verdad.


ENGLISH VERSION

Once upon a time there were four guys of Pennsylvania who dreamed of becoming rock stars. The way to the top was steep, but gifted with talent, with sensitivity, with energy and with determination, they soon reached it. Their tracks about insatiable girls, about unhappy love affairs, and about human fragility, sang by a broken bluesy voice added to a volcanic live turned into the reference of a whole generation.

As in any good tale they didn’t lack of difficulties and among them, the recurring vocal chords problems of the singer, that were in the point of pulling him apart from music, and the mild heart attack that in 2006 suffered the bassist. In the darkest hour, the fairy godmother of medicine and the unconditional support of their fans sent them back to the trail.

In 2011 they celebrate the 25 th anniversary of the release of ‘Night Songs’ with a Worldwide tour of over 52 dates and come back to Spain, this time on delivery. They’ve never been on Bizkaia and Cinderella is one of those bands you need to see before dying, even if it’s just once.

The usually frigid local audience was hotter than the girls of ‘Shake Me’ and ‘Push Push’ altogether and turned the heat until almost blow out the thermostat: they sang and danced whatever the dare. They couldn’t ask for more.

Kiefer would have needed a magic wand stroke or a new needle for finishing off the first songs, but he learned to embroider as the concert went on. His strong point was the ballads. His intact sensitivity forced the toughest heavies to pull out the skull Kleenex packet. The union of ‘You Don’t Know What You Got Until It’s Gone’ and ‘Nobody’s Fool’ was amazing. The “she took the last train out of my heart” of ‘Heartbreak Station’ was sadder than ever and the sarcasm of ‘Nobody’s Fool’ –in which he played having bought his love with a dime- more piercy.

While LaBar stripped like in the old times, Kiefer kept on sheltered by his jacket and his foulard, quite mummified. Perhaps getting rid of unnecessary clothes would have helped him to let his hair down, to put on ice his shyness and become one with his set list. Brittingham didn’t look very dynamic either and Coury was very concentrated in his spectacular way of playing drums. Cinderellas forgot to shake their cinders out to look like true Prince Charmings. They ended with ‘Shelter Me’, in an apotheosic way, and Kiefer asked God to bless us.

They promised to return to Barakaldo: hope it’s not just an empty male promise. The first stand was short and satisfying, but could improve: musicians were getting better, the sound was excellent, and when the best was to come, they cut us up only after an hour and a quarter. That’s not the way to behave with a girl, even when the limousine threatens to turn into a pumpkin: it’s always left the Gautxori. Next time we deserve to be rocked until they break us and that they loose their corsettes like in the 80s. So that we can really be happy forever everafter.

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