Korn 'The serenity of suffering'
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A estas alturas de la película, hacer un análisis de un disco de Korn es posible hasta que sobre, ya que quien más y quien menos, tiene su opinión formada al respecto, y en muy poquito va a cambiar a pesar de lo que se pueda decir de ellos. Los que han ido siguiendo sus pasos desde sus inicios, saben o intuyen, que sus mejores tiempos se ven a través del retrovisor y no con la mirada puesta al frente. Y los que nunca les hicieron mucho caso, es igual de improbable que se lo vayan a hacer a partir de ahora. Lo cierto es que no se puede negar lo que Korn han logrado.

Crearon una forma de componer y tocar en sus primeros discos junto al productor Ross Robinson, que supo extraer de ellos toda la basura emocional que acarreaban mediante un sonido denso, trágico y perturbador, que resultó ser análogo al que soportaban cientos de miles de chavales alrededor de todo el mundo, que se vieron reflejados en sus canciones.

A partir de este punto, fueron introduciendo con acierto diferentes ingredientes a su receta – hip-hop en ‘Follow the leader’, melodía y texturas electrónicas en ‘Issues’ y ‘Untouchables’ – y fueron publicando álbumes de una forma bastante continuada. Los diferentes problemas personales que fueron sucediéndose, las salidas y los enfrentamientos entre ellos, junto con las dudas a nivel compositivo fueron una constante de aquí en adelante. La banda ejecutó numerosos ensayos en la búsqueda de hacia dónde dirigir su sonido. De forma deslavazada y en ocasiones forzada, intentaban atrapar una inspiración evanescente, y con la metamorfosis total por parte del sector, buscaban recobrar una trascendencia que se iba diluyendo a medida que pasaban los años. Jugueteos con la electrónica, un disco dubstep que a algunos nos dejó absolutamente desubicados, y amagos de retorno a unos inicios, que les hicieron más mal que bien.

Fue con la vuelta de Brian “Head” Welch, que la banda pareció encontrar un poco su sitio, asumir la situación real en la que se encontraban, y reconducir la trayectoria de forma más natural.

En este sentido, su anterior ‘The paradigm shift’ fue una especie de reencuentro. Con Head, con sus fans y consigo mismos. A pesar de que no era un álbum redondo, sí que los riffs, ciertas melodías oscuras y los trucos vocales de Davis eran más acertados, y aunque la producción excesivamente limpia de Don Gilmore les restaba impacto, y la estructura de los temas estuviera medida hasta el milímetro, al menos se mostraban claros síntomas de mejoría, y nos hacía dejar en el olvido alguna aberración pretérita. Las guitarras retornaron a primer plano y el bajo de Fieldy volvía a tener esa presencia y aire funky/hiphopero que los bendijo como padres del nu-metal.

En 2016 llega ‘The serenity of suffering‘ para corroborar que la banda parece haber recobrado cierto pulso, con una colección de canciones, de las que estoy seguro que los seguidores más longevos disfrutarán. Al menos de un buen puñado de ellas. La primera escucha no me convenció. Y ahí quedó a barbecho. Pero con las siguientes escuchas mi percepción cambio de forma notable. De hecho, mucha confianza tenía la banda en estás canciones, ya que sacaron ni más ni menos que cuatro videoclips antes de la publicación del álbum.

‘Insane’ y ‘Rotting in vain’, que abren el álbum, son de lo más satisfactorias y uno agradece que los de Bakersfield incidan de nuevo en aprovechar sus virtudes para sacar estos temas adelante. Guitarras punzantes y agudas, riffs potentes, graves bien gruesos, y Davis que se acerca a sus interpretaciones mas descarnadas.

‘Serenity of suffering’ continua dejando un buen tema tras otro durante un buen trecho. ‘Black is the soul’ es un experimento que pasa con buena nota, en el que la melodía predominante se ve atacada por arrebatos animales. ‘The hating’, ‘Everything falls apart’ y ‘A different world’ – en la que colabora Corey Taylor – nos remiten al Untouchables y las tres están bien redondeadas.

Lo cierto es que la primera mitad del álbum se pasa en un visto y no visto, pero que hacia el final aparecen algunos temas que resultan algo intrascendentes, como ‘When you’re not there’ o ‘Next in line’. Si bien tienen algún detalle que llama la atención, (los potentes riff iniciales de ambos prometen… pero las melodías vocales y los estribillos lo tiran por tierra) quedan un poco endebles y empañan un poco la sensación global, aunque sin llegar a causar un destrozo irreversible.

El álbum es una versión mejorada y embrutecida de su anterior ‘The paradigm shift’. Las melodías vocales, a pesar de que los recursos y el timbre de Davis son de sobras conocidos, funcionan, y en esta ocasión se muestra más agresivo que en sus últimos trabajos. La producción es más dura, y se ve la importancia compositiva que tiene Head en este grupo. No toman riesgos y van a por estructuras seguras, de esas que si las dotas de buena melodía se te quedan a la segunda y los temas se mueven entre los tres minutos y medio y los cuatro y medio.

Nostalgias a parte, y dejando de lado deseos de que suceda lo que nunca pasará, éste disco representa una versión de Korn que la mayoría de sus seguidores firmarían para sus obras de aquí en adelante. Parece que ellos aceptan su estatus en el mundo y lo que piensan ahora es ir dejando un rastro de álbumes dignos y de calidad, en lugar de buscar una presunta originalidad, o convertirse en pioneros de algo sin pies ni cabeza.

Si continúan por la senda emprendida en estos últimos trabajos, sobre todo en éste, estoy convencido de que la mayoría de sus seguidores permanecerán a su lado.

Lo mejor

  • La recuperación de la garra y los arrebatos de agresividad.
  • Las guitarras, el bajo y la batería vuelven a ser el epicentro.
  • Muchos singles potenciales.

Lo peor

  • En el tramo final, los temas bajan un tanto el nivel, y la sensación sobre el computo total del álbum se resiente ligeramente.

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